miércoles, 30 de mayo de 2012

No. 6 Vol 4 Capítulo 4

Bueno, y con esto sólo queda un capítulo más para finiquitar la novela.



Capítulo 4
Un escenario de calamidad

Adorables señoritas, al igual que se elogia nuestra compasión, la justicia divina castiga severamente nuestra crueldad. Y para probar esto, además de daros un incentivo para erradicar toda la crueldad de vuestros corazones, también me gustaría contaros una historia encantadora llena de patetismo.
-Bocaccio, El Decamerón


Estaba caminando entre la hierba, en medio de una neblina húmeda y caliente. Podía verse los pies. Eran muy pequeños. La hierba era muy alta, le llegaba a los hombros.

Se dio cuenta de que estaba casi enterrado en aquella hierba porque era muy pequeño. Miró hacia arriba para ver el cielo azul, el cual estaba muy lejos y muy alto. El viento era muy tranquilo y muy caliente.

Le llamaron por su nombre.

Su nombre real. Hacía mucho desde la última vez que le habían llamado así. El aire cambió. La brisa movía las ramas de los árboles. El aroma de la hierba se hizo más fuerte.

¿Quién le había llamado? ¿Quién conocía su nombre?

Podía escuchar una canción. Y el zumbido de alas de insectos. Una sombra negra le pasó por delante. Primero una, luego otra, y luego otra más. Atravesando el cielo azul, había incontables insectos volando de un lado para otro, formando un anillo. En cuanto se acercó, salieron volando en todas direcciones y se volvieron a juntar en un punto.

Un baile.

Estaban bailando al son de la canción.

Ven aquí.

Podía escuchar una voz amable.

Déjame enseñarte una canción. Voy a enseñarte una canción que tendrás que seguir viviendo. Ven aquí.

Le llamaron por su nombre y le dijeron que se acercase. Era una voz que le provocaba sentimientos nostálgicos. Pero no podía moverse.

El zumbido de las alas se hizo más fuerte. No paraba de zumbarle en los oídos y el aire no paraba de zumbar con el aleteo. Sombras negras bailaban sin parar.

Oh, esto-

“¡Nezumi!”

Le hicieron volver. La canción, la voz que le llamaba, el zumbido del aleteo, el olor de la hirba, todo se desvaneció.

“¡Contéstame, Nezumi!”

Una luz tenue le atacaba los ojos. Le estaban poniendo un trapo frío en el cuello. Era muy relajante.

“Sion…”

“¿Estás despierto? ¿Puedes verme?”

“Más o menos.”

“¿Y sabes dónde estás?”

“En la cama…” dijo Nezumi despacio. “¿Me has traído tú?”

“¿Cuánto son tres más siete?”

“¿Eh?”

“Suma. Si a tres le sumas siete, ¿qué da?”

“¿De qué va esto? ¿Me estás haciendo un examen?”

“Limítate a contestarme. ¿Tres más siete?”

“Diez…” contestó Nezumi con aprensión.

“Vale. Bien. Siguiente - ¿cuánto es tres veces siete?”

“Sion, escucha-”

“Tres por siete. Contéstame.”

“Veintiuno.”

“Vale. A ver, ¿qué has cenado hoy?”

“Pfft, me pregunto si a eso se le puede llamar cena. He cenado dos trozos de patata deshidratada y un poco de leche de cabra. Y le he quitado una bolsa de galletitas rancias a Inukashi. Y casi me llevo un mordisco en el proceso.

“¿Estás mareado?”

“No.”

“¿Tienes  nauseas?”

“Me encuentro bien.”

“¿Tampoco te duele la cabeza?”

“Tampoco.”

“Puedes decirme – cuando te caíste, puedes explicarme la sensación que tuviste?”

Sion le estaba mirando con atención. Había un brillo tenso y determinado en sus ojos. Le hizo pensar en la superficie de un lago congelado.

“Soplaba… el viento,” empezó Nezumi indeciso.

“¿El viento?”

“El viento sopla, y se lleva las almas.”

El viento sopla y se lleva las almas, los humanos roban el corazón.
Oh tierra, viento y lluvia; Oh cielos, oh luz
Guárdalo todo aquí.

¿No había cantado algo así la aquella voz? Nezumi no podía acordarse bien. Pero tenía la garganta seca. Tan seca, que hasta dolía. Le pasaron una taza blanca. Estaba llena de agua limpia. Se la bebió de un trago. Al igual que las duchas que saciaban la tierra seca, el agua que se le ofreció fluyó en su interior, humedeciendo cada rincón. No podía expresar lo buena que estaba. Tomó aire y preguntó.

“Sion, ¿te preocupa que tenga daños cerebrales?”

“Bueno, te has caído redondo sin más. Tenía que asegurarme.”

Nezumi se llevó la mano al cuello. Con la misma mano, tocó su piel a través de la camiseta desgarrada. No había nada fuera de lo normal. O por lo menos, no había cambios que se pudiesen apreciar a simple vista.

“No ha sido una avispa,” dijo Sion mientras él exhalaba. “Ni tu piel ni pelo han cambiado. No es cosa suya,”

“Que pena. No estaría mal tener el pelo como tú.”

“No bromees con eso,” dijo Sion con dureza. “Puede que solo hayan sido unos minutos, pero has perdido la consciencia. No es para que te rías.”

“Me desmayado. Nada más.”

“¿Te has desmayado? ¿Me estás diciendo que te has desmayado y ya está?”

“¿Algún problema?”

“Nezumi.” Sion se sentó en la cama y volvió a exhalar.

“No te sobrestimes tanto.”

“¿Qué?”

“No te sobrestimes tanto. Eres un ser humano. Es normal que caigas enfermo o te hagas heridas. No lo olvides. No soy médico, y tampoco tengo conocimientos médicos – pero hasta yo puedo decir que conforme te has caído al suelo hace nada no ha sido un simple desmayo.”

“Gracias por preocuparte por mí. A lo mejor debería ir mañana al hospital a que me hiciesen un chequeo. Y si tengo que quedarme allí, me aseguraré de que me den una habitación VIP en la última planta, así que tienes que venir a visitarme.”

“Nezumi, no estaba de broma cuando he dicho-”

“¡Cállate!”

Estaba gritando, pero no sabía por qué. Ni su temperamento estaba fuera de control, ni odiaba a la persona que tenía delante. Pero no podía evitar la dureza en su tono de voz.

No quería que nadie se preocupase tanto por su bienestar. No quería que nadie se preocupase. No quería que se preocupasen por él. Sentimientos como la preocupación entraban con mucha facilidad en el marco del “amor”. No creía necesitar nada así. Podía vivir sin ello. Siempre lo había hecho. Era algo innecesario.

Pero Sion no sabía eso. Allí estaba él, cargado con aquel equipaje innecesario. Quizá era la ignorancia y la honestidad de Sion lo que le irritaba.

“No tienes los dedos entumecidos, ¿no?” continuó Sion. “Tampoco hay hinchazón…” Le cogió la mano de Nezumi que estaba sobre la sábana. Empezó a recorrerla con la punta de los dedos apretando de vez en cuando. Estaba buscando cualquier signo de entumecimiento o edema. Era como si los gritos de Nezumi no le hubiesen afectado para nada.

Así que no sólo era descuidado y cabezota – para rematar, también era duro de mollera.

Nezumi apartó los dedos de Sion y se levantó de un salto.

“Nezumi, no deberías levantarte-”

“Voy a ensañarte.”

“¿Eh?”

“Voy a enseñarte un baile.”                                      

“¿Qué dices? Deberías estar descansando-”

“Ven aquí, venga.” Nezumi cogió por el brazo a Sion y lo puso de pie a la fuerza. Le deslizó la mano por la cintura.

“¿Ves? Lo sabía,” dijo.

“¿El qué?”

“Que soy más alto que tú.”

“Mentira,” replicó Sion. “No hay casi diferencia.”

Nezumi se rio.

“Y bien, princesa. ¿Tiene experiencia bailando?”

“No.”

“Me lo imaginaba. Entonces empezaremos por los pasos básicos. Venga – espalda recta, barbilla arriba. No mires abajo.”

“Venga, déjalo ya,” protestó Sion. “No podemos bailar aquí. Además, es peligroso. Si nos ponemos a dar vueltas en un sitio tan pequeño vamos a tirar todos los libros.”

“No va a pasar nada de eso. Bien, gira aquí. Un paso atrás. Otro más, y gira. ¿Ves? Puedes hacerlo,” animó Nezumi.

“Me estás arrastrando tú.”

“Pero aun así lo haces bien. Tus movimientos son ligeros. Un paso atrás y gira. Bien, estás siguiendo el ritmo. Vuelve a repetir los primeros pasos. Sigue bailando – baila, Sion.”

Sion abrió la boca para decir algo, pero la cerró y se dejó llevar por Nezumi. Escuchó con atención la melodía que salía de los labios de Nezumi y siguió sus pasos. La llama de la estufa proyectaba dos sombras. Los pequeños ratones, acurrucados juntos, les miraban desde su posición encima de una pila de libros.

“¡Whoa-!” Sion tropezó y cayó de espaldas en la cama. Respiraba con dificultad y tenía la frente empapada en sudor.

“Un buen entrenamiento. Para bailar tienes que mover todo el cuerpo, ¿eh?”

“¿No lo sabías?”

“No. Imagino que ahora soy muy más listo. ¿Y bien?”

“¿Hm?”

“Estoy hecho polvo, y tú estás como nuevo. ¿Es lo que querías demostrar?”

“Podrías decirlo así.”

“Tienes mucha más energía, habilidades atléticas y resistencia que yo. Lo que quieres decir es que no eres de quién debería preocuparme, ¿no?”

“No quería ser tan obvio, pero-”

Sion se levantó. Se puso delante de Nezumi y alzó la mano. Fue un gesto rápido que no duro más de una fracción de segundo.

¿Eh?

Estaba cogiendo a Nezumi por el cuello. Ni siquiera era coger – simplemente, los dedos de Sion descansaban encima. Pero le recorrió un gran escalofrío. Era el mismo escalofrío que sentía una bestia cuando caía en una trampa.

“Creía que eso… iba a salir de aquí,” susurró Sion con aspereza. “Cuando caíste, eso fue lo que pensé. P-pensaba que ibas a morir. Nezumi, no es por ti.”

“¿Eh?”

“No me preocupo por ti por tu bien. Me preocupo por ti por mi propio bien – para liberarme de mis miedos.” Sion retiró los dedos. Nezumi se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración todo el tiempo.

“Nezumi, ahí fuera aún hay muchas cosas que no conozco. Pero lo que sí sé,” dudo. “-es el miedo que me daría perderte. Seguramente esté más asustado de perderte a ti más que a cualquier otra persona – que cualquiera. Me da tanto miedo que no puedo soportarlo. Quiero asegurarme de que nunca te vayas de mi lado. No me importa si te ríes o te burlas de mí – es lo que siento.”

Aquello no era otra cosa más que una confesión de amor simple y directa.

No puedo vivir sin nadie – sin ti.

Era una confesión directa, evidente y estúpida. Sion, en ese momento, estaba cometiendo el gran error  de revelar su estupidez, su debilidad femenina, su fragilidad. Pero Nezumi se vio incapaz de burlarse o reírse de él. No era porque estaba abrumado por la sinceridad de Sion, ni porque Sion le hubiese conmovido con aquella confesión tan sincera.

¿Quién… es…?

“Buenas noches.” Sion bajó la mirada y pasó rápidamente por al lado de Nezumi.

“Voy a dormir en el suelo. Descansa esta noche, ¿vale? Has sudado mucho. Lo más seguro es que estés más cansado de lo que crees.”

“Vale-” a Nezumi le costó mucho decir eso. Una vez que la espalda de Sion había desaparecido en la oscuridad, se llevó la mano al cuello mientras respiraba con dificultad.

No he podido evitarlo.

No había podido evitar la mano de Sion. Era uno de los puntos débiles de una persona. Hasta una pequeña herida o un pequeño golpe podía costarle la vida. Pero no había podido apartar la mano que se había extendido para cogerle. Sion no había tenido intención de matarle. Pero Nezumi tampoco había bajado la guardia, ni había tenido intención de dejar que Sion le tocase.

No he podido evitarle. Yo, especialmente yo, me he dejado atrapar.

No había podido predecir, evadir o rechazar el gesto de Sion. Le había atrapado por completo. Si Sion hubiese sido un enemigo, si hubiese tenido intención de matarle, si hubiese estado sujetando un cuchillo – Nezumi habría acabado muerto. Sin que le hubiese dado tiempo siquiera a gritar, habría muerto. Le habrían matado.

Voy a conseguir que me maten.

Entre los sentimientos que habían despertado dentro de él cuando Sion le había tocado, ninguno había tenido rastro de amor o anhelo. Era miedo. Estaba aterrado. Nezumi había estado en numerosos peligros antes. No podía contar las veces que había estado acorralado y a punto de rendirse. Pero nunca había estado ante nadie que le dejase así, rígido e incapaz de moverse.

Esos ojos, esos movimientos, ese sentimiento opresivo.

¿Qué había sido eso?

Apretó los dientes.

Podía escuchar a los pequeños ratones correr por el suelo.

“Cravat, Tsukiyo, no hagáis ruido. Venid aquí.”

Sion estaba llamando a los ratones. Una vez que se detuvo el ruido que hacían las mantas al moverse y los ratones, no se escuchó nada detrás de las pilas de libros. El silencio les envolvió.

No puedo vivir sin nadie – sin ti.

La confesión empalagosa pero sincera, junto con los movimientos que habían atrapado a Nezumi por completo – no habían durado más de un instante pero, en ese tiempo, los ojos de Sion se habían vaciado de toda expresión. Aquellos no eran los ojos de alguien que estaba desnudando su alma confesándose. Eran los ojos de quien había apuñalado certeramente y estaba retorciendo el cuchillo en la herida. El propio Sion probablemente no se daba cuenta.

¿Soy yo el que no ha sabido nada todo este tiempo?

Sion era alguien a quien habían protegido y que tenía un gran intelecto y un gran corazón. Nunca había tenido que odiar, rebelarse o pelear. Podía abrazar a la gente, pero no herirla. Podía proteger a la gente, pero no atacarla. Era alguien que no tenía nada que ver con la brutalidad o la fría crueldad. Era alguien que sólo podía convertirse en el sol. ¿Era lo que se suponía que tenía que ser? Si no lo esra, entonces –

No tenía ni idea de cuál era la auténtica naturaleza de Sion.

Nezumi le había salvado la vida, se había salvado él, y habían vivido juntos desde entonces. Estaban conectados más íntimamente entre ellos que con cualquier otro. Se había comportado con indiferencia y aprensión al respecto, pero nunca había terminado con aquella relación; en alguna parte de su corazón la deseaba, y puede que la hubiese hecho una especie de paraíso para sí mismo.

Me da más miedo perderte a ti que a cualquier otra persona.

Las palabras de Sion eran sus propios sentimientos. No le gustaba admitirlo, pero era la verdad y no tenía otra opción. Pero aun así, era la primera vez desde que había conocido a Sion que estaba perdiendo de vista quién era Sion.

Nezumi volvió a apretar los dientes. Hicieron un ruido pesado como el de unos engranajes oxidados al girar. El ruido resonó en su interior.

No era que le hubiese perdido de vista – lo más seguro es que nunca le hubiese visto bien desde un principio. Sólo había mirado las partes más brillantes de Sion, iluminadas por la luz. Hasta ahora, Nezumi siempre había mirado la raíza de las plantas en vez de las flores que crecían por encima de suelo, centrándose siempre en las partes que estaban hundidas en  la oscuridad más que en las que estaban expuestas a la luz – y confiaba en tener la habilidad de inutilizarlas por completo.

Pero había estado ciego.

La sonrisa despreocupada de Sion, su indefensión y su mirada atenta le habían cegado hasta el punto de no dejarle ver nada más.

No le había perdido de vista – desde un principio, nunca le había mirado.

A Nezumi empezaron a darle escalofríos.

Sion, ¿qué eres exactamente?

En su corazón, cuestionó al chico que estaba acostado con los ratones envuelto en una manta.

¿Qué eres?


Las noticias llegaron un día de la nada.

El cielo había estado nublado toda la mañana, anunciando nieve más tarde. El suelo tenía placas de hielo que no mostraban señales de ir a deshacerse pronto. La nieve caía en ráfagas y un viento helado corría por el mercado del Bloque Oeste.

Era ese tipo de día.

Un perro mayor había muerto.

“Era el hermano de mi madre,” murmuró Inukashi mientras cavaba un hoyo en la tierra congelada.

“Entonces, ¿es tu tío?”

“Supongo. Ahora tengo un perro menos con el que compartir recuerdos de mi madre.”

“Era – muy viejo, ¿no?” dijo Sion en voz baja.

“Sí. En años humanos, tendría unos cien. Así que seguramente no haya sufrido mucho. Ayer estaba lamiendo a los cachorros. Pero cuando me he levantado esta mañana, ya estaba frío. Nadie se ha dado cuenta. Los cachorros que estaban durmiendo con él se han extrañado de que estuviese tan frío y han venido a avisarme. Ha vivido una vida plena.”

“Seguro que ha tenido una vida admirable.”

“Ha tenido una vida admirable,” repitió Inukashi.

El suelo estaba congelado, y no estaban progresando mucho con las palas con las que estaban cavando

“Nezumi,” le llamó Sion levantando la mirada hasta la pila de escombros en la que estaba sentado. “Si no tienes nada mejor que hacer, podrías ayudarnos.”

“¿Yo? ¿Por qué tengo que cavar una tumba para un perro? Ridículo.”

Inukashi  hizo una mueca de desprecio.

“Sion, déjalo. No quiero que toque la tumba de mi perro.”

“Pero tiene que cantar una canción.”

“Un canto fúnebre, ¿eh?”

“Sí, para despedir a su alma,” Dijo Sion. “Lo harás, ¿verdad, Nezumi?”

“Esos cantos son caros, que lo sepas. Tres monedas de plata.”

Inukashi tiró la pala a un lado, enseñó los dientes, gruñendo.

“Ven aquí. Cabrón avaricioso. Voy a abrirte la garganta.”

“Con los dientes que tienes, lo más que podrías desgarrar sería un pedazo de pan mohoso,” replicó Nezumi. “Ah, sí, hablando de eso, ¿no te quedaban unas cuantas galletas en el armario? Puede que me las coma para comer.”

“Tienes que estar de coña,” gruñó Inukashi. “¡Ni se te ocurra tocar esas galletas, Nezumi!”

Inukahsi echó a correr por las ruinas detrás de él. A Nezumi no se le veía por ninguna parte.

“¡Hey, esperad un momento!” llamó Sion. “Nezumi, ¿no me habías dicho que no te perdiese de vista? Inukashi, ¿vas a dejar a tu tío aquí?”

Ninguno de los dos contestó. Sion acabó cavando el hoyo él solo, y metiendo al perro dentro.

Para cuando Inukashi llegó a la habitación sin aliento, Nezumi ya estaba sentando en la mesa, con la bolsa de galletas en la mano.

“Dámela.” Inukashi le miró con tanta intimidación como fue capaz. No pensaba que fuese a surtir efecto, pero le tiró la bolsa de galletas enseguida. Le pilló un poco desprevenido.

“¿Qué? ¿No tienes hambre?”

“Si te digo que si, ¿me invitarías?”

“Deja de engañarte a ti mismo,” dijo Inukashi con brusquedad. “Para mis perros tengo comida, para ti no.”

Inukashi volvió a meter la bolsa de galletas en el armario. Estaba viejo y desgastado, pero se quedaba cerrado. Aun así, había visto que no hacía falta mucho esfuerzo para forzar la cerradura.

Tch, no puedo relajarme o bajar la guardia cuando está por aquí. Aunque bueno, tampoco iba a hacerlo.

Inukashi volvió a cerrar el armario y se dio la vuelta. Nezumi seguía sentado en la misma posición. Inukashi se agachó para coger una piedrecita del suelo. Aquella habitación estaba bastante bien, comparada con el resto del hotel, el cual estaba en ruinas casi por completo. Las paredes y el suelo seguían intactos. No sólo protegía del viento y la lluvia, en cuestión de sitio para vivir era uno de los mejores que tenía el Bloque Oeste. Pero hasta esa habitación estaba empezando a desmoronarse. Las piedrecitas que tenían las paredes como decoración estaban empezando a caer.

Si miraba con mucha atención la piedrecita que tenía en la mano, casi podía ver el color azul del que estaba pintada. Cerró la mano sin apretar a su alrededor.

“Nezumi.”

En cuanto Nezumi se volvió para mirarle, Inkashi le tiró la piedrecita a la cara. Nezumi inclinó la cabeza lo justo para esquivarla, y frunció el ceño.

“Nezumi.” Volvió a llamarle Inukashi. Aquella vez no le tiró nada. “¿Qué pasa?”

“¿Cómo que ‘qué pasa’?”

“¿Tienes algún problema?”

“¿Problema?”

“Te estoy preguntando si te preocupa algo.”

“¿Eh?”

Los dos chicos se miraron y, casi a la vez, bufaron. Entonces, se quedaron en silencio. Nezumi fue el primero en abrir la boca.

“No creo que me haya preocupado algo en toda mi vida.”

“Me lo imaginaba.”

“Tú eres igual, ¿no?”

“¿Yo? Yo siempre tengo algo de lo que preocuparme. Comida para mis perros, el sueldo de mañana. Las preocupaciones no tienen fin. Tengo que encargarme de mis perros. Son una gran ayuda, pero también son una carga. No puedo dejar que se mueran de hambre. Yo no estoy libre de preocupaciones, al contrario que tú.”

“Libre de preocupaciones, ¿eh?” Nezumi hizo una pausa. “ Hey, Inukashi.”

“¿Qué?”

“La Caza se acerca. Creo que será en un par de días.”

“Quieres decir que sientes como se acerca, ¿no?”

“Sí, lo siento. Me pregunto si debería decírselo.”

“¿A quién?”

“A los otros habitantes del Bloque Oeste.”

Inukashi parpadeó y fijo la vista en el perfil de Nezumi.

“¿Te refieres a decirles que se vayan porque se acerca La Caza?”

“Sí.”

“¿Y a dónde irían?”

Nezumi no contestó. Tenía la vista fija en la punta de sus botas. A simple vista, parecía que estaba pensando; pero también parecía que estaba dudando entre contestar o no.

“No estaría mal que los de No. 6 pusiesen un anuncio que dijese ‘vamos a empezar La Caza desde este día hasta este otro’, decídselo a todos,” dijo Inukashi. “Si esa fuese la única Caza, podrían correr. Pero no lo sabes, ¿verdad? Dices que crees que será en un par de días, pero eso no es más que una corazonada. Podría ser dentro de cinco minutos. Podría ser dentro de una semana. Si algo tan poco fiable como eso fuese suficiente para hacer que la gente se vaya, para empezar, no estarían viviendo aquí. No tienen a dónde huir. No pueden vivir en otra parte. Por eso todos se aferran a este sitio como si su vida dependiese de ello.”

Mientras hablaba, Inukashi pensó para sí mismo que aquello era algo que Nezumi tendría que tener asimilado.

En aquella tierra, sólo había unos cuantos sitios que satisfacían las condiciones necesarias para la vida humana. Lo más seguro es que no quedasen más sitios, dejando a un lado a las seis ciudades estado. Aunque Inukashi no sabía esto, el entorno de No. 6 era mucho mejor que el de las otras cinco ciudades. La gente se reunía allí para vivir. Abandonar la ciudad significaba morir. La gente lo presentía, no lo aprendían o se les informaba, si no por instinto.

No podían escapar. No tenían dónde escapar. Cada par de años hacían una Caza. Si tenemos suerte, nos salvaremos. Así que vamos a quedarnos aquí. Era la única manera.

Ya fuese por resignación o por supervivencia, al final, la gente se quedaba en aquella tierra. Era el único sitio en el que podían vivir. Y por eso es por lo que era un  infierno.

“Es algo que no tendría ni que decir,” Inukashi  resopló con exageración. Tienes razón, murmuró Nezumi.

¿Qué le pasa?
¿Le da miedo lo que va a pasar?
¿Nezumi? ¿Asustado?

Inukashi se encontró a sí mismo negando con la cabeza con fuerza. Su melena iba de un lado a otro.

Imposible. Inukashi nunca había visto con buenos ojos a Nezumi. Al contrario, lo veía como un peligro con el que tenía que lidiar. Nezumi nunca revelaba la parte más importante de sus pensamientos, y a veces podía ser extremadamente cruel. Cada vez que Inukashi veía la habilidad que tenía a la hora de empuñar un cuchillo, se preguntaba si Nezumi habría enviado a alguien a la tumba.

Inukashi, si podía evitarlo, no quería tener nada que ver con él – aquello era lo que opinaba. Pero aun así, sabía que Nezumi no jugaba sucio ni engañaba; y aunque siempre fuese extremadamente cauto, no era un cobarde. Inukashi lo sabía.

Ha decidido colarse en el Correccional. Si lo ha decidido, lo hará. Y ahora que ha tomado la decisión, no tendría que sentirse intimidado ni tener miedo de nada.

Quizá Nezumi se había percatado de la mirada aprensiva de Inukashi. Se encogió de hombros ligeramente a modo de respuesta.

“Tienes razón, no tendrías ni que decirlo. Es sólo que-”

“¿Sólo qué?”

“Sion no ha dicho nada al respecto.”

“¿Al respecto de qué? ¿De decírselo a todos para que escapen?”

“Sí.”

“Bueno, tiene pinta de ser algo que diría – pero, quiero decir, Sion no sabe mucho sobre La Caza, ¿no?”

“Empieza a saberlo.”

Nezumi se bajó de la mesa y recogió una piedrecita que estaba cerca de la pared.

“A veces es un poco lento para pillar las cosas, pero no es idiota. Seguramente ya se haya dado cuenta de lo que es La Caza. Aunque, lo más seguro es que aún no lo haya asimilado del todo.”

“Ajá,” dijo  Inukashi con recelo. “Bueno, eso quiere decir que se ha hecho más listo. Quizá empieza a entender lo que es el Bloque Oeste.”

“Lo más probable.”

Nezumi estaba jugueteando con la piedrecita que tenía en la mano. Inukashi no tardó en preguntar.

“¿Qué te preocupa?”

Un velo de sombra cayó sobre aquel hermoso par de ojos grises. Hubo un ligero temblor. Inukashi se acordó de haber visto ese gesto. Muchas, muchas veces. Era lo que veías en los ojos de un niño moribundo. Tenían los ojos abiertos totalmente y observaban, llenos de sufrimiento, agitación y miedo, incapaces de comprender por qué dolía tanto, y qué iba a pasar después. No eran lo mismo, pero era muy parecido.

“¿Estás asustado por algo?” otra pregunta salió de sus labios.

¿Así que sí que tienes miedo de algo? No es sobre el Correccional o La Caza. Suponen un peligro para la vida de Nezumi, pero no le atemorizarían. Entonces qué –

¿Sion?

Inukashi frunció el ceño y estornudó.

“¿De qué has dicho que tengo miedo?” dijo Nezumi.

“No-” dijo Inukashi con total tranquilidad.

No sabía que tipo de relación o de conexión tenían Nezumi y Sion, ni lo quería saber. No le importaba. Pero estaba seguro de que Sion nunca se convertiría en el enemigo de Nezumi. Eso era algo que nunca pasaría. Además, ¿qué peligro podría tener que se volviese en su contra un chico que era un cabeza hueca que no se enteraba de las cosas?

Inukashi tomó aire.

Oh, bueno, no importa. Sea lo que sea, no quiero mezclarme más de lo que ya lo estoy con estos dos. Echó a Nezumi con un movimiento de su mano.

“Vete a casa.”

“Vaya modales.”

“Los que te mereces. ¿Nezumi?”

Nezumi se estaba tapando la cara con las manos. Se tambaleó y se apoyó contra la pared. Se deslizó por la pared hasta llegar al suelo. Subió las rodillas e inclinó la cabeza.

“Nezumi, ¿qué pasa?”

No hubo respuesta.

“Hey, Nezumi. Deja de hacer el idiota. ¿Estás ensayando para alguna obra o algo? No voy a pagarte por eso, que lo sepas.”

“Cantar-”

“¿Eh?”

“Vuelvo – a escuchar cantar-” A Nezumi le temblaba la voz mientras bajaba el tono, e Inukashi podía escuchar como le costaba respirar. Se convirtió en un leve murmullo.  

El viento… se lleva las almas… los humanos roban… el corazón.

“Nezumi, ¿qué estás diciendo? Vuelve en ti.”

Así que está enfermo.

Inukashi se agachó y le puso una mano en el hombro a Nezumi.

“Aguanta. Voy a por Sion.”

Le cogieron por la muñeca. Era un agarre tan fuerte, que a Inukashi le faltó poco para gritar de dolor. Nezumi se puso la otra mano en la frente, y se levantó con lentitud. Exhaló despacio.

“Hey, Nezumi.”

“Estoy bien.”

“No tienes pinta de estar bien – da igual,” se cortó abruptamente. “No es asunto mío lo que te pase.”

“Exacto.”

Nezumi soltó la mano de Inukashi y dio unos cuantos pasos. Sus pasos eran firmes.

“Ah, sí.” Nezumi se giró y movió los dedos. Entre ellos había una moneda de plata.

“¿Qué? ¿No me digas que….?”

“Te lo digo. Compartimento oculto en el fondo del armario, ¿eh? Menudos truquitos tienes en esta habitación, Inukashi.”

“E-espera. ¿Lo has abierto?”

“Pues calor. Una moneda de plata. Me la llevo para pagarle a Sion el trabajo de hoy. Y la bolsa de galletas también.”

“¡¿Las galletas también?!” aulló Inukashi. “Tienes que estar de coña.”

“No están rancias ni tienen moho. Es una súper bolsa de galletas. “Van a ser un acompañamiento perfecto para el té de la tarde. Gracias.”

Inukashi se lanzó contra Nezumi, sólo para darse de morros contra la puerta.


Había enterrado a un perro viejo y escuálido.

Sion echó la tierra sobre la tumba, y encima puso la piedra que Inukashi había seleccionado como lápida. Junto las manos para rezar. Había varios cachorritos sentados junto a Sion moviendo las colas ante la tumba recién hecha.

Sintió una presencia a su espalda. Como no había escuchado los pasos de nadie acercándose, sabía quien estaba detrás de él sin tener que darse la vuelta a mirar.

“¿Qué estás haciendo?” Preguntó Nezumi.

“Dar el pésame.”

“Estás rezando por un perro.”

“Ha vivido una vida plena aquí. Creo que es admirable.”

Nezumi le pegó una patada a las piedrecitas con la punta de la bota y asintió.

“Bueno, supongo que tienes razón. Es casi un milagro que se haya muerto de viejo en un sitio como este. Ha tenido una muerte pacífica en un mundo que no se la da a los que la merecen. Sí. Es digno de admiración.”

“¿Vas a rezar por él tú también?”

“No, gracias. Si ya has terminado, vámonos a casa. Has acabado de trabajar hoy, ¿no?”

“¿Le has mangado esas galletas a Inukashi?”

Nezumi levantó un dedo y lo movió de un lado a otro con desaprobación.

“Ah, ah. Una princesa real como usted no debería usar palabras tan degradantes como ‘mangar’.”

“Las has mangado, ¿no?”

“Es por el trabajo que has hecho. Una compensación por cavar la tumba. Y esto también.” Una moneda de plata apareció entre los dedos de Nezumi.

“Una moneda de plata y una bolsa de galletas. ¿No crees que te has pasado un poco?”

“No pasa nada. Le he dado un trabajo de dos monedas de oro. Piensa en la de plata como una comisión. Venga, vamos al mercado a por un poco de carne seca y a casa.”

Sion caminó hombro con hombro con Nezumi. Los cachorros le siguieron, y vio a otros dos sentados a las afueras de las ruinas.

“¿Dónde está Inukashi? No le veo por ningún lado.”

“Está llorando.”

“¿Le has hecho llorar?”

“Llora por nada. Se hace el duro, pero no es más que un llorón. Seguramente está llorando  mares porque no puede creer que haya dejado que le manguen una bolsa de galletas y una moneda de plata.”

“Eso es horrible,” dijo Sion con preocupación. “Hey, Nezumi.”

“¿Hm?”

“Sobre Inukashi… uh – puede ser que sea-”

“¿Qué pasa con él?”

“Uh- no, nada. Lo siento.”

Treparon por unas cuantas rocas y se dirigieron a las filas de barracas que eran el mercado. El viento soplaba de frente. Era como si les robase todo el calor corporal. Me pregunto que estará haciendo Safu. Espero que no se esté congelando. Espero que no esté pasando hambre.

Te quiero Sion, más que a nadie

El viento sopló más fuerte. Se encogió de frío.

“¿En qué estás pensando?” Nezumi le miró, su pelo moviéndose con el viento.

“En Safu.”

“Te diría que no te preocupes – pero es imposible no hacerlo. Pero no va a salir nada bueno de eso. Acuérdate.”

“Lo sé.”

“Cálate más el sombrero. Los Despachadores están ahí. Sería un coñazo que viniesen a hablar con nosotros.”

Antes de que Nezumi hubiese terminado de hablar, un hombre corpulento se les había acercado desde el grupo con el que estaba bebiendo en las barracas.

“Esperad un momento, amigos.”

Sin lugar a dudas, era el mismo hombre que se había cruzado con Sion la otra vez. Sion se acordaba del tatuaje de la serpiente que tenía en el brazo.

“Anda, pero si son los dos críos de la otra vez. Que bien que nos hayamos vuelto a encontrar, ¿eh? Voy a asegurarme de que paséis un buen rato.”

Tsk. Nezumi chascó la lengua. Al mismo tiempo, movió el brazo derecho con rapidez. Una piedrecita azul golpeó al hombre entre los ojos. El hombre gritó al doblarse hacia atrás. Sion esquivó a un grupo de gente y echó a correr.

“Por aquí.” Siguió a Nezumi, se metió en un callejón y se agachó. Los Despachadores pasaron por delante suya, gritando cabreados.

“La cosa es seria,” comentó Nezumi. “Si te cogen, no creo que vayas a librarte con una paliza nada más. Será mejor que te prepares.”

“¿Soy yo el que se tiene que preparar?”

“Echaré a correr.”

“Al igual que haré yo.”

Nezumi miró alrededor con precaución antes de salir del callejón. Aparentemente, era cosa de todos los días que pasaran hombres corriendo y gritando, ya que la gente seguía andando por la calle como si no hubiese pasado nada.

“Pero te has hecho más rápido a la hora de huir. Has progresado mucho desde la última vez.”

“Me has entrenado tú. – Oh, la última vez dije lo mismo, ¿no?”

Nezumi sonrió. No era una sonrisa exasperada, cruel o burlona. Era una sonrisa sensual. Sonrisa que cautivó a Sion.

“¡Eve!” gritó alguien desde el callejón. “¿Qué estás haciendo aquí?”

Había un hombre pequeño, vestido con una camisa blanca y unos pantalones negros, que echaba chispas por los ojos. Llevaba un sombrero y una bufanda oscuros.  Aunque no le favorecía mucho, aquella ropa tenía un estilo que no se veía mucho en el Bloque Oeste.

“Oh – Manager. Cuanto tiempo.”

“Pues sí, hace bastante,” dijo el hombre indignado. “Te he estado buscando. ¿Por qué no has ido por el teatro? No podemos hacer nada si no estás. ¿Qué está pasando?”

“Ah – bueno, han pasado unas cuantas cosas, y… me preguntaba si podría tomarme un tiempo libre.”

“¿Tomarte tiempo libre?” dijo el hombre con incredulidad. “¿Estás loco? La mayoría de la gente viene a verte a ti. ¿Quieres arruinarme el negocio?”

Entonces, el manager cambió por completo la cara y puso una sonrisa mansa, y su voz asumió un tono adulador.

“Venga, Eve,” suplicó. “Vamos a hablarlo, de hombre a hombre. Si tienes alguna queja, aquí estoy para escuchar.”

“Quejas, ¿eh…? Algo difícil.”

“¿No tienes? Entonces-”

“Tengo tantas, que si me pusiese a decírtelas estaríamos aquí hasta mañana.”

“Eve, te lo suplico. Si es por dinero, podemos llegar a un acuerdo. Si no puedes venir esta noche, a lo mejor mañana-”

Hubo un ruido. Un ruido que se le grabó en la mente a Sion, y que le atormentaría sin descanso en los sueños que tendría en los días que estaban por llegar.

El sonido de la destrucción. El sonido del genocidio. El sonido de la muerte. El sonido de la desesperación. Gritos, chillidos, lloros, pisadas. Todo se hizo uno, superponiéndose uno  a otro, enredándose con todo lo demás, retorciéndose, creando un pandemónium. El infierno se había materializado ante los ojos de Sion.

La gente empezó a correr frenéticamente en todas direcciones. Las barracas empezaron a venirse abajo y las tiendas empezaron a romperse.

“¡La Caza!” gritó alguien.

La Caza.
La Caza.
La Caza.

Hasta el aullido del viento desapareció.

Un anciano tropezó y cayó al suelo. Sion no tuvo oportunidad de ayudarle. Un número infinito de pies pisaron al hombre que había caído.

“Ha empezado.” Nezumi tragó. Se giro y le dijo una sola palabra al manager.

“¡Corre!”

Hubo una explosión ensordecedora sobre sus cabezas. El aire ondeó con ella. Algo impactó contra ellos. Una barraca, que antes era una tienda de carne, quedó hecha añicos.

“¡Sion!” Sintió como caía. El cuerpo de Nezumi cayó sobre el suyo. Al empujarle contra el suelo, Sion se ahogó un poco. Podía escuchar la voz de Nezumi en su oído.

“Sion, ¿estás bien?”

“Claro.”

No era el momento de perder la consciencia. Había empezado. Todo empezaba ahora.

Nezumi se apartó. Sion se levantó y gimió levemente. Vio el cielo. El cielo gris se expandía ante él. Todas las segundas plantas de las barracas que antes impedían la vista, habían desaparecido. El aire estaba lleno de polvo.

“¿Qué ha pasado con ese hombre?”

“¿Quién?”

“Tu manager, o lo que fuese.”

“Oh, lo más seguro es que se haya salvado. Si tiene suerte, conseguirá escapar. Si no – acabará así.” Nezumi hizo un movimiento con la barbilla. Debajo de una de las paredes que había caído, asomaba un brazo ensangrentado.  Era grueso y peludo.

“Lo más seguro es que sea el viejo de la tienda.”

La Caza.
Ayuda.
Dios.
Maldición.
Nos van a matar.
Corre, corre, corre.
Ahh, ahh, ahh.

Las voces se mezclaban formando barullo inentendible. Sion se agachó a la sombra de lo que quedaba de la pared, intentando no quedar atrapado en medio de la marabunta de gente que corría. A menos de un paso estaba el brazo del dueño de la tienda.

“Nezumi, esto-”

“Mira.” Sion miró hacia donde señalaba Nezumi.

“Oh-”la voz murió en su garganta.

Dos vehículos armados viajaban el uno junto al otro a través de la calle, casi ocupándola por completo. Se abrieron paso hasta el mercado a baja velocidad. Las barracas no eran rival para ellos. Parecían de papel al aplastarlas las ruedas.

“Nezumi, esos camiones-”

“Sí. Modelos de los viejos, parece ser. Pero la munición está en perfectas condiciones, por lo que parece. Han usado ondas expansivas acústicas para destrozar la segunda planta de la carnicería. ¿Cuándo han empezado a usarlas?” murmuró Nezumi para sí mismo. “¿O están usando esto para probarlas?”

“No es eso lo que estoy preguntando. Es decir - ¿son de No. 6?”

“Míos no son, eso te lo aseguro.”

El hecho de que No. 6 tuviese armas militares era algo completamente nuevo para Sion.

Antes de que él hubiese nacido, las seis ciudades estado que poblaban la tierra habían firmado un tratado de paz que establecía claramente su juramento de abandonar las armas y prohibir su posesión, desarrollo o uso. Habían aprendido que la guerra solo provocaba destrucción medio ambiental y el deterioro de la madre tierra, poniendo el peligro la propia existencia de los seres humanos. Para escapar de su propia extinción, todas las ciudades habían firmado ese tratado y habían jurado cumplirlo.

Se conocía como el Tratado de Babilonia, en honor al castillo en el que se había firmado.

Pero a Sion ya no le sorprendía. Si No 6 era una utopía ficticia, entonces era normal que la ciudad tuviese un ejército, soldado y armas para oprimir, dominar y eliminar a la gente.

Sion observó como se acercaba el camión y reguló su respiración. Nezumi se rio levemente.

“Pensaba que te ibas a asustar más. Te has hecho más duro.”

“Me has entrenado tú.”

“Has sido un buen alumno. Pero el juego no ha hecho más que empezar.”

“Ya lo sé.”

La masa de gente ondeó. Los echaron hacia atrás. Los mismos camiones armados habían aparecido delante de ellos, bloqueándoles el camino. Los gritos de la gente se hicieron más fuertes. La gente se empujaba unos a otros, cayendo como fichas de dominó, y mientras gritaban y lloraban aterrados, se convirtieron en una masa revuelta a la que habían acorralado en el centro del mercado. Era el área donde Sion y Nezumi se habían escondido, justo delante de la carnicería destrozada. La carnicería, la taberna de enfrente, la tienda de ropa usada que había al lado, y la tienda que vendía la comida deshidratada estaban todas destrozadas. Quizás lo habían hecho con el fin de facilitar la caza. Habían aparecido soldados, armados, para rodear a la masa.

Silencio.  La voz grave de un hombre se escuchó a través de los altavoces del camión armado.

“¡Ayuda! Por favor, salvad a mi bebé.” Una madre con su hijo en brazos suplicaba a cualquiera que la escuchase. Nadie contestó.

“Por favor, no tiene ni un año. ¡No le matéis!” Como si hubiese sentido su agitación, el bebé empezó a retorcerse en sus brazos.

“Por favor… no le matéis…”

Sion se mordió el labio. Estaba temblando.

¿Qué debería hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué? – No puedo hacer nada.

Un lloriqueo.

Una voz. La voz de un perro. En cuanto Sion se giró, sus ojos se encontraron con los de un perro que estaba metiendo la cabeza entre los escombros. Era uno de los perros de Inukashi – el que le había llevado a Sion la carta. El otro día, Sion le había dado un baño como agradecimiento. Era un perro grande y  marrón. Sion extendió los brazos hacia la madre.

“Dame al bebé.”

La madre abrió los ojos, apretando al bebé contra el pecho.

“Deprisa, dámelo.”

“¿Qué vas a hacer con mi bebé?”

“Puede que consigamos salvarle. Deprisa.” Medio le arrancó el bebé de los brazos a su madre. Se quitó el abrigo, envolvió el pequeño cuerpo con él y lo dejó en un espacio que había entre los escombros.  El perro se acostó a su lado, y le lamió la cara al bebé. Dejo de llorar de inmediato. El pelaje marrón del perro se camuflaba a la perfección con la pared derruida, que era del mismo color. No se le veía.

Quizá él lo consiga. Quizá –

“Cuento contigo.”

El perro movió levemente la cola.

“Mi bebé – mi hijo-” la joven madre se tapaba la cara con las manos.

“Si lo consigues, ve al hotel en ruinas,” le dijo Sion.

“¿Hotel?”

“El hotel en ruinas. El bebé estará allí. No te preocupes, cuidarán de él. Así que asegúrate de conseguirlo. Sobrevive. Y ve a recogerle.”

La madre asintió y cerró lo ojos, como si estuviese rezando.

“¡No pienso dejar de que me matéis!” rugió una voz fuerte. “¡No vamos a dejar que nos mate alguien como vosotros!”

Acompañando a las voces, unas cuantas piedras impactaron contra los soldados. Un murmullo agitado se escuchó entre la gente. Rocas y piedrecitas volaron una detrás de la otra, con dirección a los soldados.

“Mierda,” Nezumi hizo una mueca. “¡Agáchate, Sion!”

“¿Eh?”

“¡Tápate la cabeza y agáchate!”

Sion hizo lo que le dijeron, se tapó la cabeza con las dos manos y se agachó. Casi en el mismo instante, los soldados abrieron fuego con un torrente de balas eléctricas. Las balas atravesaban la cabeza de la gente, el pecho y los estómagos. Hombres, mujeres, viejos, y jóvenes caían sin hacer ruido. Se convulsionaban, y se quedaban quietos.

Si os reveláis, os mataremos. Sin excepción.”

Era una voz grave. No era una amenaza. Todos lo entendieron. El clamor del mercado, o de lo que era el mercado, se cortó de inmediato. La gente hasta dejó de moverse. Estaban paralizados por el miedo, rígidos por la deseperación.

Sion se levantó con cuidado. Había un cadáver delante de él. Tenía una herida entre los ojos, pero no era fatal. Sólo estaba rojo e hinchado. La herida fatal estaba un poco más arriba, justo en el centro de la frente. Era el Despachador. Tenía la boca abierta, y sus ojos sin vida miraban al cielo. Junto a él, una anciana estaba agachada en el suelo, murmurando algo para sí misma. Su mirada vacía miraba alrededor sin parar.

Lo que tenía ante él había perdido todo el color. Sion nunca pudo darle color a esa escena que se había grabado permanentemente en su memoria. Aunque habían perdido intensidad, sabía que la gente llevaba ropa y tenía el pelo de diferentes colores; sabía que los escombros no eran de un solo color; se acordaba de que el pelaje del perro era marrón – pero el cadáver del suelo, la mujer que se había vuelto loca y la masa de gente era todo monocromo, en  blanco y negro. Pero había una única excepción, el gris oscuro que flotaba ante sus ojos. Pero no eran las nubes. Era el color de unos ojos. Eran unos ojos gris oscuro que brillaban y rebosaban vitalidad. Era el color que había atraído a Sion, el que le había cautivado y que, por último, no había podido olvidar durante el resto de su vida.

“Repito. Si os movéis, os matamos. No os mováis.”

Nadie se movió. No podían moverse. El viento era lo único que soplaba con libertad.

“Sion.” Nezumi le cogió por el brazo. “No pierdas la compostura.”

Sion miró a Nezumi a los ojos, y puso sus dedos sobre los que estaban cogiéndole del brazo. No estaba aferrándose por la desesperación. No se estaba abandonando a la completa dependencia. Sólo quería asegurarse. Aquí es donde está mi corazón. Era humano cuando me robó el corazón, y era humano cuando anhelaba estar a su lado. Y eso es algo que no va a cambiar, le de el nombre que le de a estos sentimientos.

En una realidad tan inhumana, casi demasiado inhumana, lo único que podía hacer para seguir siendo humano era negarse a abandonar los sentimientos hacia los demás, y aferrarse al alma de uno mismo. Sion apretó la mano alrededor de la de Nezumi.

Nezumi, quiero seguir siendo humano.

Nezumi exhaló con suavidad.

“Mantente cuerdo. Puedes hacerlo, ¿verdad?”

“Estoy bien.”

“Claro,” dijo Nezumi en un acto reflejo. “Claro que estás bien. No debería haberme preocupado.”

“Ahora os vamos a transportar.”

Los camiones armados cambiaron de dirección. Un camión largo y negro se colocó sin hacer ruido en su lugar.

2 comentarios:

  1. kawaiii!!!!!!!!! genial me fascino por sobre todo ahhh todo bien tierno medio sádico no ¬¬ pero tierno me gusto gracias por la traducción

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  2. Nezumi sonrió. No era una sonrisa exasperada, cruel o burlona. Era una sonrisa sensual. Sonrisa que cautivó a Sion.

    *muere de amor*

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